miércoles, 25 de marzo de 2020

Ni patria ni rey ni hostias


En el principio, el ser humano corría detrás de los animales. Los más fuertes trataban de cazarlos y los menos fuertes les esperaban recogiendo hierbas y raíces. Cuando volvían con la caza, comían su carne, junto con las raíces, y luego se apretaban para descansar juntos. Un día les cayó un rayo. Destrozó casi todos sus enseres, pero también comprobaron que la carne de la caza en donde había caído era mucho más fácil de comer. De tanto comer carne, empezaron a darse cuenta de más y más cosas. Así, descubrieron que algunos de aquellos animales, si los cazaban vivos, podían ser mantenidos junto a ellos sin mucho esfuerzo; a la vez, también se percataron de que algunas de aquellas plantas que comían producían unas bolitas. Esas bolitas caían al suelo y, con el tiempo, salía otra planta igual. Entonces decidieron buscar un buen abrigo, guardar los animales y cultivar las plantas. Y también aprendieron a conservar los rayos que, de vez en cuando, seguían cayendo del cielo. ¿El cielo? Cosa curiosa ésta. De ahí venían la mayoría de sus preocupaciones y alguna de sus alegrías. Necesitaban que cayera agua del cielo para que las bolitas germinaran, pero de vez en cuando caía demasiada, o muy poca, y así no había manera. Necesitaban que se cubriera de nubes -¡era entonces cuando caía agua!- pero también que brillara el sol, porque se sentían mejor, y las bolitas daban plantas más grandes.
Las tareas de la tribu se las repartían entre todos: cada vez eran más, -cuanto más se apretaban contra el frío, más individuos nacían-, y había más tareas. Todo lo hacían en grupo: podían cuidar de más animales y cultivar más plantas. Y los que no podían hacer ni una cosa ni otra porque eran mayores, cuidaban de los pequeños. Y todo funcionaba bien, y la gente era feliz. Pero había varios que, por lo que fuera, no les gustaba trabajar. Había uno al que le gustaba mirar a las estrellas y a las nubes. También, sabía más que nadie de plantas. Era muy observador. A éste le llamaremos “hechicero”. Se percató de que los demás no entendían muy bien cómo funcionaba aquello del cielo. Así que se le ocurrió que, si lograba convencerles de que era él y no otro quien podía controlar aquello, su futuro estaba asegurado sin tener que trabajar. Por si acaso los cielos no se abrían cuando a él le interesaba, decidió convencerles de que, en realidad, casi todo dependía de un ser invisible que habitaba por encima del cielo. Era difícil de contentar, pero él tenía línea directa, decía. Así que, a cambio de unos animales y de algunas plantas, él se encargaba gustosamente de negociar con el ser superior. A éste le llamaremos “dios”. A otro, amigo del anterior, tampoco le gustaba trabajar, y además se aburría con aquello de las plantas, era muy bestia. Su única cualidad era que hablaba bien y con potente voz, y a los demás de la tribu les gustaba escucharle alrededor del fuego. Le llamaremos “rey”. Aumentó su influencia sobre la tribu, y les convenció de aunar más tierras y poblados vecinos, cuantos más seamos, mejor para todos... A cambio de más animales y más plantas,  les garantizaba protección en caso de que los vecinos no quisieran pertenecer al mismo dominio. Ningún problema para él, era muy bestia y tenía varios amigos tan bestias como él y a los que tampoco les gustaba trabajar.
Al amigo, al hechicero, le gustó aquello. Al fin y al cabo, con muchas más tribus y más tierras, su amigo rey iba a tener muchos más animales y plantas (bueno, como tenía ya suficiente, aceptaba también enseres de los que la gente elaboraba en casa) y a él le seguían manteniendo con lo del dios y las plantas y eso. Así que se le ocurrió otra idea, por el bien de todos. Consciente de la bruteza de su amigo, le convenció para que hiciera creer a los del pueblo que, si era rey, lo era porque dios así lo había querido, como lo del sol y el agua. Él le ayudaría con la campaña. Entonces, podrían aunar esfuerzos: al fin y al cabo, esos pobres no entienden casi nada, y sin embargo entre nosotros dos podemos conseguir más tribus y más tierras, lo que significa más animales, más plantas y más manufacturas: tú te ocupas de protegerles y yo te doy la cobertura sobrenatural. A rey le pareció una excelente idea. Además se les ocurrió que, en caso de morir, para conservar a su pueblo unido, el siguiente rey y el siguiente hechicero fueran de sus mismas proles. Enseguida comprobaron que la cosa funcionaba perfectamente. Bueno, siempre había alguno que ponía mala cara: decía que él trabajaba, y los otros no, y que no le parecía bien, porque todos comían igual, y blá blá blá. No problem, dijeron rey y hechicero. Como siga protestando, le quitaremos la protección y diremos que no cree en dios. Nadie le seguirá, todos quieren que dios exista, para que llueva. Y si insiste, hasta podemos encerrarlo, está loco.
Y así, la sociedad de los dos amigos fue creciendo. Sus dominios eran cada vez más extensos. Tanto que era difícil protegerlos a todos por igual, pero no era grave, tenían suficiente para los dos.
Alguno de los que no estaba de acuerdo, decidió abandonar el reino, harto de lo que veía. No le gustaba trabajar para otros, pensaba que se podía proteger sólo y lo del ser por encima del cielo cada vez lo veía menos claro, incluso sin nubes. Así que se marchó. Volvió al cabo del tiempo. Y contaba cosas preocupantes. Resulta que, muy lejos, había más hechiceros, más reyes y más reinos -¡vaya, la idea tampoco había sido tan original!-, y parecía como si pugnaran con ensanchar sus territorios, tanto, que igual ponían en peligro el propio.
Hechicero y rey se juntaron a pensar, -bueno, uno más que otro-. Y hechicero, como casi siempre, tuvo una buena idea. Les diremos que el dios del que emanaba el poder de los otros reyes era muy malo, estaba confundido el pobre y sólo quería acabar con el nuestro y, por ende, con nuestro rey, tomar nuestros dominios y exterminarnos. No había más que ver los extraños ritos de aquellos otros dominios y las extrañas lenguas y aspectos de sus gentes. Son raros, diferentes, y malos. Sobre todo, muy malos.
Ah, pero los malos también decían lo mismo de estos. Y así, hecha la ley hecha la trampa, cada vez había más reyes y más dioses. Bueno, habrá que hacer algo, se dijeron todos ellos. Lo primero, establecer límites claros de cada uno de los dominios, que todo el mundo sea consciente de a qué reino pertenece y cuál es su dios. Si podemos, estableceremos tratados y alianzas con los otros reinos; si no podemos, fijaremos bien nuestros territorios y los defenderemos si nos atacan. Además, es importante que todos piensen aquí que su rey es el  mejor y su dios el más bueno. Para todo ello, es necesario que todos crean que ser de este reino y con este dios es lo mejor que les podía pasar, y que los otros están equivocados, con su dios y con su rey. Diseñaremos enseñas propias, las llamaremos banderas, y marcaremos bien las fronteras. A esto le llamaremos país. Si conseguimos que nuestros súbditos confíen ciegamente en su país y en su bandera, tenemos de nuevo el futuro asegurado, aunque haya más reinos y más dioses: aún hay tierra para todos. Necesitaremos, eso sí, más gente para colaborar en la defensa de las fronteras. A esto lo llamaremos ejércitos. Y necesitaremos más gente para hablarles del dios verdadero. A esto lo llamaremos religión. Por si acaso algún otro desea viajar y conocer algún otro país o rey o hechicero que le vaya a gustar más, no le dejaremos salir a menos que lleve un papel que sólo nosotros podemos darle. A esto le llamaremos pasaporte. Y no dejaremos de intentar convencerles de cuál es el mejor rey y el dios más bueno. Si hay guerra, como vamos a vencer, todos saldremos ganando –bueno, menos los que mueran, claro-. Y si no hay guerra, inventaremos competiciones incruentas, donde a la gente le guste mostrar y defender sus estandartes de país ante los estandartes de los demás. A esto le llamaremos fútbol. Todo para que todo el mundo sienta que su país es el mejor, y así tú y yo podamos seguir igual, igual de bien. 

Y en eso estamos.

Abril, 2013

miércoles, 1 de enero de 2020

De pandemias y otras plagas


Efectivamente, parece que el gobierno tenía alguna noticia de los riesgos de permitir concentraciones multitudinarias el 8 de marzo. Y no las prohibió. Antes de buscar una explicación, recopilemos algunos datos.
Además de la manifestación feminista de Madrid, hubo otras con la misma convocatoria en (casi) todas las capitales de provincia y/o ciudades importantes. Sondeando la prensa de los días posteriores, y tomando como referencia los 120.000-170.000 de Madrid y las noticias de los correspondientes medios locales, tirando por lo bajo, se puede decir que unas 300.000 personar acudieron en toda España (Barcelona, 50.000, Sevilla, 20.000, Málaga o Zaragoza, 10.000…).
Pero también hubo más manifestaciones, por otros motivos. En concreto, 77. Seamos modestos y sumemos unas 10.000  personas.
Fútbol, concentración multitudinaria. Según La Liga, en la temporada 18/19, la asistencia media por estadio, sólo en 1ª División, fue de 26.315 personas. Por 10 partidos en aquella jornada, unos 260.000 aficionados vieron a su equipo en directo aquel día. Debemos sumar la 2ªA, la 2ªB, la 3ª, las regionales, los juveniles, todas las competiciones femeninas correspondientes, los aficionados, las competiciones escolares y federadas…No vamos a contar los desplazamientos masivos de aficionados de España a Reino Unido o de Italia a España con motivo de las competiciones europeas de futbol. Vamos a sumar solamente hasta 350.000 espectadores en esos cientos de encuentros.
La misa, concentración multitudinaria. Las estadísticas oficiales dicen que, en el año 2019,  6,5 millones de españoles asistieron a misa regularmente. ¿Dejamos a la mitad en casa?, Vale, hacía frio, y tendremos que, ese día, no menos de 3 millones de personas se reuniones en sus respectivas iglesias.
En total, -somos muy modestos- sin contar TODOS los otros deportes, TODAS las otras fes, cines, teatros y espectáculos en general, celebraciones particulares, reuniones de amigos…, no menos de 4 millones salieron de casa para reunirse, por algún motivo, con más gente, en actos multitudinarios y casi siempre en locales cerrados. Y hay que añadir todas las personas que salieron porque sí, a pasear, porque es domingo, al vermut, al parque, a las tapas… Sin mascarilla, claro, el gobierno no había decretado el Estado de Alarma (y la OMS decía entonces que no eran necesarias…).
Bien. Un dato más. España es el país del mundo con la ratio más alta de bares por habitante, en concreto, uno por cada 175, datos de 2017. De las cinco ciudades con más bares por habitante en el mundo,  cuatro son Londres, Nueva york, Madrid y Barcelona. Cuanto más al norte, menos bares; en Asia no existen, en África… En pura lógica, pensemos que la mitad de los españoles que salieron aquel día 8 por un motivo particular –manifestaciones, actos deportivos, misas, etc.- y muchos de los millones que salieron por motivos habituales, al rato, fueron a un bar, a celebrarlo, o porque sí, todos juntos. ¿2 millones, 3? 
LA OMS declaró el estado de pandemia el 11 de marzo. España declaró el estado de alarma el 14.
Ahora, los capitanes a posteriori, sin distinción de edad, sexo ni condición, culpan al gobierno por no haber tomado medidas “antes”. ¿Antes? ¿Cuándo? ¿Antes de la declaración de la OMS, el día 11, el día 8? ¿O antes aún? Un estado de alarma hay que decidirlo, justificarlo, organizarlo y comunicarlo. Con argumentos. No se inmoviliza a millones de personas en unas horas. ¿Con qué argumentos se puede decretar un estado de alarma por una pandemia no declarada oficialmente? ¿Nos podemos imaginar la respuesta de varios partidos políticos, de la Iglesia Católica, de los clubes de futbol y de todos los palmeros correspondientes si se suspenden TODOS los actos públicos del fin de semana del 7-8 de marzo? También, se le culpa de no disponer del material necesario para combatir una pandemia. Como casi nadie, salvo países muy ricos -, productores de ese mismo material o países vecinos de China, donde saben de virus…, y con pocos bares. Los capitanes a posteriori buscan de rastrear los países del mundo que declararon medidas especiales antes de la declaración de la OMS. Sólo uno: Italia, el día 9 de marzo. Después del 11 lo hicieron Noruega, el 12, Dinamarca, el 13 y España, el 14. El cuarto país del mundo en declarar el confinamiento (China aparte).
¿Improvisación? Claro, es lo que sigue a una situación imprevista. No hay pandemias todos los años. No confundamos explicar con justificar, error habitual. No intento justificar los fallos del gobierno; intento explicar la, supuesta, acción o inacción del mismo, en función de nuestra forma de ser y de las circunstancias, importantes siempre. Somos un país, y una cultura, de improvisadores. Y de pícaros, aquí se inventó el término: sujeto de dudosa moral que apela a su astucia para obtener ciertos beneficios. Dictada la norma, pronto muchos empezamos a pensar en la manera de quebrantarla. Ahora sí, después de improvisar y de intentar saltarnos la norma, también somos muy buenos en ser fatalistas, interpretando como nadie datos científicos y opiniones contrastadas. Y luego lo de los datos. ¿De qué sirve comparar  cifras, si no hay uniformidad de criterios para su recopilación, no ya entre regiones en España, tampoco entre países? Y lo de los bulos. Lo siento, me fío más de un estudiante de 2º de Medicina que de un montón de opinadores, políticos y tertulianos en general, todos vendiendo noticias y comentarios, share le llaman.
Mal llevo el alto número de fallecidos, peor el dolor de sus familiares. Pero lo que peor llevo, con diferencia, es el oportunismo político, alimentado de la paranoia, cuando no histeria, vestido sin pudor de la mentira y las medias verdades. Eso sí me deprime.
Si nos pudiera servir todo esto para poder empezar a mostrar más cordura, más empatía, más raciocinio, más solidaridad y menos cainismo, menos hipocresía, menos cinismo…
Españolito que vienes.

Abril, 2020


martes, 1 de enero de 2019

 Muchos años después

 

 

 

La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.

Gabriel García Márquez.

 

 

 

 

Muchos años después, frente al funcionario de la cárcel de Guadalajara que le entregaba copia del auto de excarcelación, en septiembre de 1950, el ex-sargento 1º Lucidio Fernández Rodríguez había de recordar aquellos trágicos minutos que cambiarían su vida para siempre.

 

***

 

Era domingo. La misa en San Fernando había terminado hacía un rato, y los residentes en el Cuartel de Torrero dudaban entre esperar a la hora de comer o pasear por el patio bajo un reconfortante sol de febrero en Zaragoza, no exento del siempre desagradable viento. Una seria preocupación corroía las entrañas del sargento. Había buscado con la mirada al capitán cajero, y le siguió cuando este se encaminó hacia el pabellón. Era su última oportunidad, y sabía lo que se jugaba, desde una buena reprimenda hasta poder terminar arrestado en el cuarto de banderas. Él, que tenía una hoja de servicios intachable, y dos medallas. Pero siempre había sido un hombre recto, y había cosas con las que nunca iba a transigir.

— ¿No vas a saludar, “Luci”?—, dijo el brigada Jesús Del Puente Lanasa, pronunciando la última palabra con clara intención de sorna, como con musiquita y forzando voz de pito, al cruzarse con él en la puerta del Pabellón de Mando. Provenientes ambos de las clases de tropa, sus rangos, a los que se accedía por antigüedad y confianza, eran muy parecidos, como las funciones inherentes a los mismos, casi siempre administrativos, y el saludo militar entre ellos era un asunto más reglamentario o protocolario que diferenciador, no como el que debe un soldado a un oficial, ineludible en toda situación. Así que se tenían por colegas, y compartían periódicamente espacios tanto en la Plana Mayor como en el escuadrón. También, se veían habitualmente en el pabellón de los pisos, ala de suboficiales, donde ambos vivían con sus respectivas familias.

 “Luci”. Sólo Guadalupe le llamaba así, sólo cuando estaban en casa, al otro lado del patio, se utilizaba el apelativo. ¿Cómo podía Del Puente saber eso y, sobre todo, cómo se atrevía a soltárselo a la cara? El sargento siguió su camino sin saludar ni pronunciar palabra, pero las uñas empezaban a clavarse en las palmas de sus manos, puños muy cerrados, uno de sus típicos gestos de ira. Cuando les separaban no más de cuatro o cinco pasos, el brigada se detuvo en seco, se giró, y ahora sí, con voz marcial, gritó:

— ¡Sargento 1º, le he dicho que salude!

 

***

 

—Padre…

—Dime, Lucidio.

— ¿De aquello que hablamos, recuerda usted…?

— (…) Ah!, lo del Ejército… ¿Lo has pensado bien?—, contestó Julio, para darse él mismo tiempo a pensar una respuesta. Ponciano, el otro hijo, un año mayor que Lucidio, hacía tiempo que ayudaba en el campo, como Lucidio, pero la tierra, buena pero escasa, no daba para mucho más. A Mercedes, la madre, tampoco le parecía mal…un hijo militar…otros muchos se iban, y volvían para los permisos con una vida hecha y una paga segura…y Julio y ella eran jóvenes, más hijos vendrían…

—Sí, padre. Quiero ir de voluntario, y luego, si no me va mal, me puedo ir reenganchando, hacer la carrera militar, el primo ya es sargento, y aquí…ya ve usted… cumplo dieciocho la semana que viene…

Lucidio era un chico de poca estatura, pero despierto y vivaraz, le gustaba el pueblo y las labores del campo, la tierra y los animales, en especial las caballerizas. El maestro estuvo siempre muy contento con él, le decía a sus padres que al zagal le gustaban los números, que era diestro con la plumilla…, pero que pronto terminaría su tiempo en la escuela del pueblo, y que veía en el chico que podía aspirar a algo más. Pero no allí, en el pueblo, allí no había nada más. La alternativa era probar a seguir estudios en la capital, -el haría las gestiones-, o… pensar en otra cosa. ¿La capital? Bien sabían Julio y Mercedes que eso era algo inalcanzable para su economía. ¿De cura, al Seminario? No, no era familia de curas ni monjas… ¿Por qué no el Ejército?

—Sea, dijo Julio—, y los ojillos de Lucidio brillaron de alegría con una media sonrisa. —Mañana vamos al Secretario y que te haga los papeles. Nunca olvides ser un hombre de bien. Tienes nuestra bendición.

 

***

 

— ¡Sargento 1º, le he dicho que salude!

El sargento 1º Fernández también se detuvo. Imperceptiblemente para el brigada, se llevó la mano a la pistolera, movió dos dedos dentro de ella y respiró hondo. Se giró lentamente, sus ojos se tornaron diminutos, apretó los labios y su ceja izquierda se levantó ostensiblemente, a la vez que arrugaba el lado izquierdo de su cara sobre el ojo derecho.

—¡Mecagüen crista jodida…!,  murmuró.

 

***

 

Su primer destino, a la sazón el único de su carrera militar, fue Zaragoza. Y Caballería, lo cual le congratuló especialmente. Sería en el Regimiento Lanceros del Rey, 4º escuadrón, un regimiento con larga historia, con orígenes en el siglo XVI y fundado como tal en 1763. Tras diversos emplazamientos, había acabado instalado en los arrabales del sur de Zaragoza, en las playas de Torrero, donde permanecía desde 1896. Y allí ingresó, como soldado voluntario, en abril de 1915, justo al día siguiente de cumplir los 18 años. De la milicia, le gustaba sobre todo el orden y concierto que presidían todos los procedimientos. Un año  después ascendió a cabo; firmará el primer reenganche, hará carrera en las armas, y en el 18, coincidiendo con su segundo reenganche, ya era sargento. Los siguientes años son los propios de un suboficial de guarnición, con maniobras, prácticas…, la vida de un cuartel, mientras se ganaba paulatinamente la confianza de superiores y compañeros. Era un hombre de fiar, educado y cabal, cumplidor de buena gana con las órdenes y recto en su proceder, su padre estaba orgulloso de él. Le preocupaba la alta tasa de analfabetos que encontraba entre la tropa a su mando, y ahí iba a encontrar más tarde una oportunidad de desarrollar su gusto por la buena caligrafía y las cuentas bien hechas, pues compaginaría sus funciones administrativas con las clases para los reclutas. Le parecía que se lo debía a su maestro del pueblo, que tanto cariño le había demostrado cuando era niño, allá en Aguilar de Campos.

 

***

 

— ¡Qué guapa estás, Lupe!

— ¡Quita, zalamero…! ¿Qué, de paseo otra vez?

—Claro, guapa, vengo a contemplar todas las flores que salen los domingos.

—Ya…estírate el uniforme, que vienen mis amigas. Y estírate tú también…

—Y de lo otro… ¿Qué? ¿Has hablado con la señora Delfina?

—No…pero tonta no es. De todas formas, ya sabes, por la mañana a las 12, todos los domingos bajamos al Portillo…

—Está bien. Allí estaré la semana que viene.

—Muy bien. Pues allí nos vemos. Adiós.

—Adiós, guapa. Quiero que esos ojos sólo me miren a mí, para siempre…

—Lo dicho, un zalamero…

—(…)

—Uy, Guadalupe, ¿otra vez el sargentito? ¿No crees que te mereces a alguien con más porte?

— ¡Envidiosas, que sois unas envidiosas! ¡Ya quisierais…!

 

***

 

Al brigada Del Puente aquel sargento 1º le estaba importunando últimamente.  A su lado, siempre sería un recién llegado, mientras que él llevaba toda la vida en el Regimiento, con él llegó en el 88, y, no lejana su jubilación, había alcanzado el empleo de brigada, que le permitiría una vida más tranquila…y quizás más desahogada, aparte del aumento de la paga... Fernández ocupaba un puesto de escribiente de la Oficina de Mando, en concreto secretario de la oficina del Coronel, un “regalo” de su capitán –de Valladolid, como él- con motivo de su matrimonio hacía ya 10 años. Y, al lado del Coronel, se ganó la vocalía del Regimiento ante  la Junta Regional de Víveres, dos años más tarde, donde seguía mostrando su celo con las cuentas del escuadrón y del Regimiento. La Junta Regional de Víveres era un organismo que había sido creado en 1809 por José Bonaparte, Pepe Botella, para “coordinar” el abastecimiento que las tropas francesas necesitaron en su paso por España durante su reinado. Se encargaban de recabar alimentos y suministros de ayuntamientos y particulares, por las buenas o por las malas, a precio justo o sin él. Luego, con el tiempo, las Juntas se mantuvieron cuando los sucesivos ministros de la Guerra comprobaron que la estructura ya creada mejoraba la eficacia a la hora de centralizar las compras para los diferentes acuartelamientos de cada plaza. Y allí acudía el sargento 1º Fernández, al Gobierno Militar, una vez por semana, donde poco a poco, sus dudas sobre el correcto reparto a cada escuadrón dentro del Regimiento iban creciendo. Del Puente, por su parte y desde su ascenso, se ocupaba de la ayudantía del capitán cajero del Regimiento, el oficial que se encargaba de supervisar los pagos de cada escuadrón tras receptar los suministros de la Junta de Víveres.

 

***

— ¿Jesús…?

— ¿Qué quieres, Lucidio?

—Que si has mirado lo que te dije de las cuentas que firma tu capitán…

—Fernández, déjame en paz. Esos de la Junta de Víveres son unos tiquismiquis, está todo bien.

—Ya, pero es que a mí tampoco me cuadran. Mañana tengo que pasarle la firma al Coronel…

—Pues se la pasas, y punto, que no te va a fusilar. Todo está visado y revisado por mi capitán. Y tú no deberías meterte, no es tu función.

El sargento 1º Fernández respiró profundamente, ojos pequeñitos, ceja arriba, mientras el brigada le daba la espalda y se alejaba.

 

***

 

— ¡Sargento 1º, le he dicho que salude! ¡Esto es una insubordinación! ¡Venga usted al Cuerpo de Guardia!

Del Puente intentó arrastrar a Fernández por la fuerza hasta el Cuerpo de Guardia, pero no lo consiguió. Forcejearon, y el sargento echó mano de su Star 1932. El brigada, sorprendido, dio un paso atrás, decidido a pedir la ayuda del oficial de guardia. Pero un brigada con tantos años de servicio no podía demostrar falta de autoridad, y menos si le iba al oficial con el cuento de que un sargento 1º no le había saludado. No le haría caso, si no se le reía en la cara. Así que se giró de nuevo sobre sí mismo en dirección a Fernández, mientras ponía la mano en el bolsillo de su pelliza tanteando su propia arma reglamentaria, intentando que con ese gesto el sargento depusiera su actitud. Pero era tarde. Lucidio, cegado por la ira, apretó el gatillo, una primera ráfaga sonó. Dos disparos cruzaron el pecho del brigada, que abrió los ojos desmesuradamente. Mientras se derrumbaba, otra ráfaga le entró por la zona lumbar, y aun recibiría dos tiros más una vez en  el suelo, cuando, inútilmente, intentaba salvar su vida cubriéndose con los brazos.

— ¡No me tire más, que ya me has matado!

En el cercano cuerpo de guardia, el cabo de puerta estaba paralizado por la escena, mientras el teniente, que había oído las detonaciones desde el interior, había dejado su despacho y se acercaba con cautela, tragando saliva y pistola en mano, al tiempo que gritaba, entrecortadamente:

—¡Sargento…, tire el arma, sargento!

El sargento 1º Fernández, de pie, inmóvil, ojos pequeñitos, ceja levantada y respiración  entrecortada, miraba fijamente los borbotones de sangre que manaban del pecho de su compañero. Dejó caer la pistola, relajó el gesto, la mano le temblaba. Miró al oficial de guardia, volvió a mirar el cuerpo del brigada, puso los ojos como platos…y rompió a llorar.

 

***

 

—Y, ¿viviríamos en el cuartel?

—Pues claro, en cuanto nos casemos nos cederán un piso allí. Aunque, no sé, no sé…

— ¿Qué es lo que no sabes?

—Pues no sé…tú viviendo allí, tan guapa, con esos ojos, y tantos hombres a tu alrededor, todos los días…

— ¡Calla, qué tonto eres!

 

***

 

Tomó el documento, sacó una billetera atada con gomas del bolsillo interior de su chaqueta y lo guardo allí, después de doblarlo con cuidado. Miró al funcionario, esbozó un saludo, se dio la vuelta, levantó una vieja maleta y cruzó la puerta que otro funcionario le franqueaba. Respiró profundamente. Según caminaba hacia la estación, volvió a recordar todo lo que le había llevado hasta allí. Su excesiva minuciosidad con las cuentas, sus celos injustificados, sus ataques de ira…El brigada Del Puente… sus ojos se empequeñecieron otra vez… pero la visión de su viuda y sus hijos corriendo hacia la escena del crimen a través del patio cortaron enseguida un nuevo acceso de ira…Pensó en su mujer y en su hijo, cuyas vidas había arruinado. Cuando su vida juntos auguraba años de tranquilidad y feliz rutina, y después de superar la muerte de su primera hija con el nacimiento de un segundo hijo, todo se había arruinado. Guadalupe había malvivido, ente la vergüenza y la incomprensión, todos sus largos años de cárcel. Primero en Aguilar de Campos, en la casa familiar, más escondida que acogida, en un lugar ajeno, entre miradas huidizas y conversaciones en voz baja. Luego, de vuelta en Zaragoza, trabajando en otras casas, pero pensaba que ese era su sitio y que el hijo tendría mejor futuro en la ciudad, y por si algún día trasladaban a Lucidio a la prisión de allí. Y pensó en su propia vida. Dieciocho años en el pueblo, en su casa, hasta que decidió ensanchar su mundo y su vida. Diecinueve en el ejército, donde encontró su futuro, un buen lugar para desarrollar sus gustos y donde sus habilidades eran reconocidas. Después, de repente, ¿estaba eso escrito?, la ira irrefrenable, el horror. Siempre tenido por un hombre cabal, en cinco minutos todo se había derrumbado. Y luego, la cárcel. Condenado por los ganadores y por todos. Tres años en El Dueso, un paréntesis en el 37 en Santander, pero la vida no deja de acosarle: cruza las líneas andando hasta Aguilar, 250 km, donde, al poco, es denunciado, detenido y enviado de nuevo a Santoña, luego a El Puerto, Madrid II, Guadalajara…Es 1950, tiene 53 años.

No cabe duda de que sólo nosotros somos los protagonistas de nuestra propia historia. Pero ¿quién la escribe, quién es el autor de ese libro?

 

Mayo, 2020

lunes, 1 de enero de 2018

A modo de despedida


No me gusta hablar en público, ni que me miren cuando estoy trabajando, ni siquiera me gusta mucho hablar… Vocalizo mal, soy “difícil de mirar”, soy mal fisonomista y confundo los nombres con facilidad: en una palabra, soy profesor. Habría sido un magnífico Guarda Forestal en Canadá, pero soy profesor. Supongo que debe ser por inercia: desde que tengo siete años, casi siempre que salgo de casa, voy a un cole. Claro, he aprendido muchas cosas.
Empecé en los Escolapios de la calle Sevilla. Allí, aprendí que los santos sacramentos se podían recibir también entre semana. Aquello imprimía carácter… dejaba huella. Así que mis padres, en cuanto pudieron, me cambiaron al instituto. Digo “al” instituto, porque sólo había uno, el Goya. Bueno, había otro, pero de él, por aquel entonces, sólo sabíamos que estaba en una calle lejana y recóndita, y que había chicas: un sitio muy raro.
En el Goya entré mirando al Sol y con las filas juntitas, y, diez años después, salí a la carrera y bajo negros nubarrones. Era el año 1975. Pero allí aprendí, de grandes profesores como  Carmen Sender, Romaní, Onieva, Vicuña… eso que, si existe, llaman “vocación”.
A la carrera, como digo, crucé el Paseo y entré en la Universidad. Por aquel entonces, yo tenía dos grandes metas en la vida: que la dictadura terminase y echarme novia, a cual más difícil, pensaba yo.  Sin embargo, aprendí que en la universidad todo era posible: en menos de tres meses, los objetivos estaban cumplidos. Así que me dediqué a aprender inglés.
Terminé allí y entre a trabajar en un cole privado de Zaragoza. Allí aprendí  lo que cuesta una plaza escolar. Un día, hablando con el director, le insinué que un alumno, por su muy mal comportamiento, no debería ser admitido al año siguiente. Me contestó: “Carlos, un alumno, un millón de pesetas”. Como no llevaba suelto, me apunté a la lista de interinos.
Tras un breve paso por la interinidad en Alagón, aprobé las oposiciones y al curso siguiente me dieron destino en Fraga, en el “más allá”, donde empecé a aprender que, en este negociado, los chicos no son el mayor problema, ni siquiera los padres. Como en todas las facetas de la vida, aprendí que, en el trabajo, solidaridad y compañerismo son imprescindibles, por encima de cualquier otra consideración, personal o corporativista.  Las preferencias personales no caben mucho en un servicio público.
Y después, La Almunia. Mi cole. Gran cosecha la de La Almunia: están por ahí sentados Nuria, Visi, Luis,… Fueron 12 años, 240.000 km, 6 vueltas a la tierra. En “la rueda de coches” –qué gran aportación la de “la rueda” a la enseñanza pública- pasé muchas horas de convivencia entre profes, casi todos lo habéis conocido, y en el cole aprendí, desde la gestión del centro,  a hacer de bombero todos los días. Estar en un equipo directivo es una de las más curiosas formas de masoquismo que conozco.
Vuelvo, por fin, a Zaragoza. Me dieron el Ítaca, donde aprendí a amar la música coral. Después, una corta etapa en el Miguel de Molinos, y por fin aterrizo en el Andalán, hace ahora cinco años. Lo dije en la primera comida de principio de curso a la que asistí, en donde me hicieron hablar (¡!) y lo mantengo: el mejor cole en el que he estado, y a estas alturas ya voy entendiendo un poco.
Seré breve. Miro hacia atrás, pienso en todo lo que he aprendido…  ¿Con qué me quedo? Me quedo con la mirada, con la expresión de un chico, de una chica, con cara de querer aprender. Pensadlo. ¿A que mola? ¡Mola… mazo!
Perdonen las molestias, y muchas gracias por soportarme.

Junio, 2017

domingo, 1 de enero de 2017


IEVA



I   


(Habitación en semipenumbra. Al fondo se ve un camastro, pocos muebles más, las paredes descuidadas. El ambiente es frío. Los personajes hablan junto a una estufa de leña)

MADRE: Nos vamos, Ieva.
IEVA: ¿Irnos... a dónde? Está nevando y es de noche.
MADRE: Nos vamos de aquí. Lejos. A otro país. Aquí no podemos vivir.
IEVA: Pero... ¿Qué dices? No entiendo. ¿A otro país? Mañana tengo que ir al colegio, y después vamos a casa de la abuela... y... y... y el mes que viene es la fiesta de...

(La cabeza de Ieva va muy deprisa. Quiere buscar muchas excusas para no aceptar lo que acaba de oír. Algunas amigas suyas también se han ido)

MADRE: Aquí no podemos vivir, Ieva. Mi sueldo no llega para nada, todo es caro y escaso, pasamos hambre... y  hace tanto frío...
IEVA: ¡No es verdad! Yo no tengo hambre, y la abuela nos da cosas de vez en cuando... y papá también, cuando viene. Y sólo hace frío cuando nieva... Y la madre de Valentina no tiene trabajo, y no se van. Yo no quiero irme, no, mamá, por favor...
MADRE: Me han dicho que hay un país, donde no nieva, que es muy bonito, tendremos una casa grande y cálida... la madre de Anna me escribió el otro día... les va muy bien. Ella y su papá han encontrado trabajo los dos, y Anna tiene muchos amigos en un colegio muy bonito, y compran muchas cosas...
IEVA: ¡Ah! Entonces... ¿vendrá papá?
MADRE: No, papá no vendrá.
IEVA: ...¿Y la abuela?
MADRE: No, la abuela tampoco vendrá.
IEVA: Entonces no iremos a casa de la abuela después del colegio...
MADRE: No... bueno... no... pero vendremos a verla en verano...

(Largo silencio. Las dos saben el significado de lo que hablan y quieren asimilarlo, pero les cuesta).

IEVA: ¿Y tampoco volveré a ver nunca a...? ¡A nadie!

(Se abrazan. La  niña empieza a sollozar)

IEVA: Bueno, mamá, si tu quieres... Pero yo sólo tengo frío cuando nieva...


II

(Otra habitación, parecida a la anterior. Mismo ambiente frío. Nieva afuera. Una anciana, con ropas humildes, abre la puerta de la vivienda. Entran Ieva y su madre)

MADRE: Hola.
IEVA: (Abrazándose a la abuela) ¡Hola, abuela!
ABUELA: ¡¡Hola, Ieva!!

(En sus caras, las lágrimas de la abuela se mezclan con las  de su nieta. Pasan al interior. Largo silencio. Las mujeres se miran de soslayo. Nadie parece querer romper el silencio)

MADRE: Me llevaré también ese abrigo negro tuyo que ya no te pones...
ABUELA: Está muy viejo. Déjalo. Llévate el gris.
MADRE: No, no quiero, no tienes otro...
ABUELA: ¡He dicho que te lo lleves! Yo apenas salgo.
MADRE: ¡Pero si allí no hace frío...!

(Nuevo silencio prolongado. La discusión pierde relevancia con cada segundo de silencio)

ABUELA: ¿Lo tienes todo?

(La madre la mira sin contestar, pero su mirada, al fondo de sus ojos, indica que es muy poco lo que hay que preparar)

MADRE: Sí... Mañana te traeré lo que queda... Son dos cajas más...
ABUELA: Pero... ¿por qué no os venís aquí, conmigo? Estaremos muy bien y podemos arreglarnos, y así no tendrás que pagar la habitación...
MADRE: Está decidido, madre. ¿No lo entiendes? Ieva necesita un futuro... y aquí no lo hay.
ABUELA: ¿Un futuro? Todos hemos tenido un futuro, y una vida. Tú también. Antes también éramos pobres. Siempre ha sido así.
MADRE: Pero yo no quiero eso para Ieva. No. Nunca más. Allí se gana mucho más que aquí. Y la gente come todos los días...
IEVA: (Interrumpiendo, no quiere que discutan otra vez) Allí no nieva, abuela, mamá me lo ha dicho.
ABUELA: Si, hija, allí no tendrás frío por las noches... 

III


(La primera habitación. Mismo decorado, un poco más revuelto)

MADRE: ¡No, Ieva! ¡Eso tampoco cabe!
IEVA: ¡Cómo que no cabe! Esto no lo puedo dejar. Es mi ropa.
MADRE: Allí no te hará falta tanta ropa, y además casi no te vale, enseguida se te quedará pequeña. Sólo podemos llevar lo imprescindible.
IEVA: ¡Claro! Pero cuando se me quede pequeña la cambiaré con...con...
MADRE: ¿Lo ves? No la necesitas. Sólo llevarás lo que te quepa en la maleta.
IEVA: ¿En esta maleta? ¡Aquí no cabe nada!. ¿Y mis juguetes? ¿Y mis cuentos? ¿Y mis muñecos? ¿Y mi silla? ¿Y el cuadro que pinté el año pasado? Me dijiste que te gustaba mucho...
MADRE: Sólo la maleta, Ieva. Sólo aquello con lo que podamos cargar.
IEVA: ¡Mamá, no podemos dejar todo!
MADRE: Sólo un muñeco... Misha, el oso.
IEVA: ¿Sólo Misha? ¡Tengo cuatro!
MADRE: Los otros son muy grandes. Se quedarán con la abuela. Y termina, que mañana nos vamos y aún tenemos que llevarlos a casa de la abuela, volver y acostarnos pronto, porque hay que madrugar.

(Misma habitación. La niña llama  a su madre en medio de la noche)

IEVA: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta!
MADRE: ¿Ahora qué, Ieva?
IEVA: Mamá, he cambiado de opinión. No me llevaré a Misha. Me llevaré a Sasha.
MADRE: Ieva, Sólo quedan cuatro horas para levantarnos. Duerme. Sasha está en casa de la abuela.
IEVA: ¡Mamá..., por favor...! Sasha quiere venir, y Misha cuidará mejor de la abuela...

(Silencio. La madre se levanta)

MADRE: Vamos. 

IV


(El autobús lleva un rato circulando por calles con denso tráfico. Madre e hija presentan un aspecto muy cansado, pero no dejan de mirar por la ventanilla, todo es nuevo a sus ojos. La niña aprieta un muñeco entre sus brazos. Largas avenidas  pobladas de coches, mucha gente a pesar de la hora, luces de neón que cruzan las calles lo iluminan todo. Intermitentemente, iluminan también las caras. Ahora, el autobús desaparece bajo tierra, y sigue circulando por un pasadizo imposible. Unos minutos después, algunos pasajeros se levantan y el coche se detiene. No han vuelto a salir a la superficie, pero están en un gran espacio subterráneo, con mucha gente y muchos autobuses. Todo el pasaje se moviliza).

MADRE: ¡Vamos, Ieva! ¡Hemos llegado!
IEVA: ¿Aquí? ¿Ya?
MADRE: ¡Claro. ¿No lo ves? Todos bajan.

(Al pie del vehículo, recogen su equipaje. La madre lleva dos pesadas maletas y un bolso de mano a la espalda, lleno a reventar. La niña, una maleta pequeña y una mochila a la espalda)

MADRE: ¡Vamos, Ieva!
IEVA: ¿A dónde, mamá?
MADRE: ...No sé... Vamos. Tenemos que llamar a la madre de Anna... y a la abuela...
IEVA: Pero si la abuela no tiene teléfono...
MADRE: Bueno, a los vecinos.

(Madre e hija, con dificultad, llevan sus bultos a través de pasillos y escaleras mecánicas, hacia la superficie. Miran a todos lados continuamente, entre la curiosidad y la desconfianza. El último tramo de escalera envía a sus rostros el anuncio de que ya salen al exterior. Cuando ponen el pie en la calle, unos leves copos de nieve revolotean sin decidirse a caer)

IEVA: ¡Mamá!
MADRE: ¡Agárrate a la maleta, Ieva!
IEVA: ¡Mamá!
MADRE: Venga, agárrate y busquemos un teléfono.
IEVA: ¡Pero mamá!
MADRE: (Con un nudo en la garganta) ¿Qué, Ieva?
IEVA: Mamá... ¡Está nevando...!
MADRE: (...)
IEVA: Bueno... ¡pero no hace frío, mamá, no te preocupes...!


Julio, 2011

viernes, 1 de enero de 2016

 Mandrágora

 

No porque hubiera menos luz su entrada fue menos radiante. Enseguida, no lo conocía, reparé en el vestido, por encima de la rodilla, liviano -adiviné- de amplio escote y con un tirante muy fino. A gran velocidad, incorporé a mi pensamiento el resto de los detalles que componían la escena: velas estratégicamente distribuidas, mesa puesta, tacones cercanos, música ligera y un leve aroma a algo agradable... es decir, puse en marcha todos mis sentidos a fin de conseguir un apropiado estado de excitación. Ya se sabe que, para estos temas,  el cerebro es el órgano más importante.

Abrazo y beso no muy largo, de primeras. Halagos y conversación intrascendente, según nos sentábamos. De esas conversaciones en que los dos saben que no están hablando de lo que están hablando sino que está claro que ambos piensan en otra cosa.

Y en éstas, liberado de la presión al sentarse quien lo lleva, el tirante cae. La conversación sigue, y es repuesto en su sitio con delicadeza dos frases más allá.

 

*  *  *

 

Al principio, percibí cierta resistencia. Evidentemente, la falta de práctica me hacía parecer más torpe de lo habitual en aquellos menesteres, pero la verdad es que no recibía ningún tipo de colaboración de la otra parte. Sabido es que siempre es más difícil alcanzar los grandes tesoros, así que decidí convertir la situación en un nuevo acicate para mis intenciones. Por otro lado, llegados hasta aquí, estaba claro que aquello sólo tenía un final posible.

Así pues, redoblé, con delicadeza pero con firmeza, todos mis esfuerzos. Esta vez, el camino parecía franco, así que sopesé la posibilidad de introducir mi lengua hasta el fondo, pero desistí rápidamente: en algún sitio había yo leído que, en este punto, hay que ser especialmente cauto. A cambio, recogí con mucho cuidado el jugo que rodeaba el centro de mi atención: a mi memoria

vinieron remotos recuerdos, sabores agrios con matices salados que hacía tiempo añoraba. A la vez, aquello parecía volver a la vida, pues en aquel momento comenzó un movimiento emergente que me hizo desear más, si cabe, el poder engullirlo por completo: de un solo golpe, lo puse entre mis labios y succioné con pasión. Ella, hasta ese momento en silencio y expectante, no pudo reprimir por más tiempo sus sensaciones. Tras esperar a que le dirigiera mi mirada, exclamó:

-¿Qué? Dime que te gusta. Para mí, no hay placer mayor.

-Tienes razón. Ya casi no me acordaba. Éstas son las que llaman francesas, ¿no?.

-Sí, -replicó-, no son tan buenas, pero el precio...

 

*  *  *

 

Como en una película, como si todo siguiera un guión preciso, el reproductor del CD cumplía el programa preestablecido y las velas parecían incombustibles mientras aquella velada continuara su curso natural. En una esquina de la mesa, un grupo de tres hacían como que asentían con nuestras palabras.

-¿Qué buena pinta! ¿Qué es?-, me preguntó.

-No lo conocía y quería probarlo-, dije. -Es Asperges vertes chaudes à la crème sure froide.

Y el tirante cayó de nuevo, y esta vez tardo cuatro o cinco frases en volver a su sitio, no sé si acompañado de una mirada con más intención. Otra vez aquella sensación de estar, ambos, pensando en otra cosa.

Primero lamió la punta, con mucha suavidad, casi imperceptiblemente. Después, tras fijar su mirada según levantaba la cabeza, se inclinó de nuevo para rodear

toda la cabeza con una mayor presión de su lengua. Se retiró de nuevo y levantó sus ojos para fijarlos en los míos: tenían un brillo especial, y junto con  una sonrisa de apacible complicidad, era la expresión que mejor definía el momento de relajada felicidad que nos embargaba. Con seguridad mi expresión era muy parecida. Por fin, se lo introdujo por completo y, con varios movimientos circulares, recogió en su boca el sabor profundo que lo envolvía.

De nuevo fuera de su boca, aplicó sobre la punta, con delicadeza, una pequeña cantidad de crema, mientras yo, inmóvil y sin parpadear, tragaba saliva imaginando cuál era el siguiente paso. Y así, otra vez dentro de aquella boca que tan cálida conocía y rodeado por aquellos labios tan calientes y también tan familiares en su calor, mordió por fin, pero sin enseñar los dientes, estirando los labios sobre el tronco y mostrando todo su agradecimiento con una lenta caída de ojos. Mi sonrisa se amplió en muestra de complicidad.

 

***

 

-¡Esto está muy rico-rico! ¿También le has puesto nombre sonoro?

-Naturalmente-, contesté con suficiencia-: Delicias del mar y de la huerta sobre lecho de las estepas.

-¡Toma ya! O sea, ...?

-O sea, pones una capa tibia de salsa tártara, encima los mini puerros, encima el salmón ahumado y adornas con el caviar... sencillo, rápido y sabroso.

 

*  *  *

 

Una vela sobre la mesa del rincón culminó su papel, no sin antes anticiparlo con unos leves destellos, como anunciando su mutis. Como quiera que pareció que

no hacíamos mucho caso, el CD terminó a su vez con el tercer disco, y enmudeció, con lo que ya no cabía más ignorancia: el guión reclamaba un cambio de escena.

Me levanté, volví a reiniciar el mismo programa -poco romántico, pero muy práctico- y volví rápidamente a mi sitio: no quería que pareciera que yo también deseaba, que sí que deseaba, el cambio de escena.

 

*  *  *

 

Para el plato principal, se trataba de que la cena no fuera pesada, me despaché con un muslo de pato. Pero claro, con su toque personal. Para la grasa va bien algo bastante dulce, así que hice una salsa de mermelada de frutas del bosque, servida como guarnición sobre una rodaja grande de patata cortada no muy  fina y cocida en la propia grasa del pato. La cosa se llamaba Sweet Home Canard, es decir, el pato que llega a su casa feliz de la islita del lago. Obvio.

 

*  *  *

 

Con mis, documentalmente demostrados, malos antecedentes en matemáticas y geometría, jamás esperé que la visión de semejante figura me inspirara tanta admiración. Tratábase de la más bella sucesión de curvas nunca antes contemplada. Primero no muy cerrada, rápidamente se convertía en una media esfera casi perfecta para confluir con la otra semiesfera que venía del hemisferio opuesto, hundiéndose ambas líneas en la línea que, húmeda, anunciaba sensaciones memorables.

Aspiré la fragancia y dejé que llegara hasta lo más profundo de mis pulmones. Sorbí el jugo y un embriagador sabor llenó todos mis sentidos. Apliqué mis labios, y el frescor de la superficie abrasó mis sentimientos.

Se trataba de la mejor forma que conozco de ennoblecer un vino corriente. Cuando levanté la mirada para exclamar algo apropiado, ella ya había dado buena cuenta del Pêche au vin de Bourgogne. No hacían falta más palabras.

 

*   *  *

 

El CD parecía reincidir en su afán por reclamar atención. Me levanté de nuevo, pero esta vez me tomé algo más de tiempo en preparar una sesión nueva.

Cuando me volví, ella estaba de pié en medio del salón. Y el tirante se había vuelto a caer. Según me acercaba a ella, levantó su brazo para devolverlo por enésima vez a su lugar, pero noté algo extraño. En lugar de dirigirse al brazo donde reposaba aquel tirante díscolo, se dirigió al hombro contrario. Apenas me dio tiempo a reconocer mi propia sorpresa.

Se bajó el otro tirante.


Enero, 1983