lunes, 1 de enero de 2018

A modo de despedida


No me gusta hablar en público, ni que me miren cuando estoy trabajando, ni siquiera me gusta mucho hablar… Vocalizo mal, soy “difícil de mirar”, soy mal fisonomista y confundo los nombres con facilidad: en una palabra, soy profesor. Habría sido un magnífico Guarda Forestal en Canadá, pero soy profesor. Supongo que debe ser por inercia: desde que tengo siete años, casi siempre que salgo de casa, voy a un cole. Claro, he aprendido muchas cosas.
Empecé en los Escolapios de la calle Sevilla. Allí, aprendí que los santos sacramentos se podían recibir también entre semana. Aquello imprimía carácter… dejaba huella. Así que mis padres, en cuanto pudieron, me cambiaron al instituto. Digo “al” instituto, porque sólo había uno, el Goya. Bueno, había otro, pero de él, por aquel entonces, sólo sabíamos que estaba en una calle lejana y recóndita, y que había chicas: un sitio muy raro.
En el Goya entré mirando al Sol y con las filas juntitas, y, diez años después, salí a la carrera y bajo negros nubarrones. Era el año 1975. Pero allí aprendí, de grandes profesores como  Carmen Sender, Romaní, Onieva, Vicuña… eso que, si existe, llaman “vocación”.
A la carrera, como digo, crucé el Paseo y entré en la Universidad. Por aquel entonces, yo tenía dos grandes metas en la vida: que la dictadura terminase y echarme novia, a cual más difícil, pensaba yo.  Sin embargo, aprendí que en la universidad todo era posible: en menos de tres meses, los objetivos estaban cumplidos. Así que me dediqué a aprender inglés.
Terminé allí y entre a trabajar en un cole privado de Zaragoza. Allí aprendí  lo que cuesta una plaza escolar. Un día, hablando con el director, le insinué que un alumno, por su muy mal comportamiento, no debería ser admitido al año siguiente. Me contestó: “Carlos, un alumno, un millón de pesetas”. Como no llevaba suelto, me apunté a la lista de interinos.
Tras un breve paso por la interinidad en Alagón, aprobé las oposiciones y al curso siguiente me dieron destino en Fraga, en el “más allá”, donde empecé a aprender que, en este negociado, los chicos no son el mayor problema, ni siquiera los padres. Como en todas las facetas de la vida, aprendí que, en el trabajo, solidaridad y compañerismo son imprescindibles, por encima de cualquier otra consideración, personal o corporativista.  Las preferencias personales no caben mucho en un servicio público.
Y después, La Almunia. Mi cole. Gran cosecha la de La Almunia: están por ahí sentados Nuria, Visi, Luis,… Fueron 12 años, 240.000 km, 6 vueltas a la tierra. En “la rueda de coches” –qué gran aportación la de “la rueda” a la enseñanza pública- pasé muchas horas de convivencia entre profes, casi todos lo habéis conocido, y en el cole aprendí, desde la gestión del centro,  a hacer de bombero todos los días. Estar en un equipo directivo es una de las más curiosas formas de masoquismo que conozco.
Vuelvo, por fin, a Zaragoza. Me dieron el Ítaca, donde aprendí a amar la música coral. Después, una corta etapa en el Miguel de Molinos, y por fin aterrizo en el Andalán, hace ahora cinco años. Lo dije en la primera comida de principio de curso a la que asistí, en donde me hicieron hablar (¡!) y lo mantengo: el mejor cole en el que he estado, y a estas alturas ya voy entendiendo un poco.
Seré breve. Miro hacia atrás, pienso en todo lo que he aprendido…  ¿Con qué me quedo? Me quedo con la mirada, con la expresión de un chico, de una chica, con cara de querer aprender. Pensadlo. ¿A que mola? ¡Mola… mazo!
Perdonen las molestias, y muchas gracias por soportarme.

Junio, 2017

domingo, 1 de enero de 2017


IEVA



I   


(Habitación en semipenumbra. Al fondo se ve un camastro, pocos muebles más, las paredes descuidadas. El ambiente es frío. Los personajes hablan junto a una estufa de leña)

MADRE: Nos vamos, Ieva.
IEVA: ¿Irnos... a dónde? Está nevando y es de noche.
MADRE: Nos vamos de aquí. Lejos. A otro país. Aquí no podemos vivir.
IEVA: Pero... ¿Qué dices? No entiendo. ¿A otro país? Mañana tengo que ir al colegio, y después vamos a casa de la abuela... y... y... y el mes que viene es la fiesta de...

(La cabeza de Ieva va muy deprisa. Quiere buscar muchas excusas para no aceptar lo que acaba de oír. Algunas amigas suyas también se han ido)

MADRE: Aquí no podemos vivir, Ieva. Mi sueldo no llega para nada, todo es caro y escaso, pasamos hambre... y  hace tanto frío...
IEVA: ¡No es verdad! Yo no tengo hambre, y la abuela nos da cosas de vez en cuando... y papá también, cuando viene. Y sólo hace frío cuando nieva... Y la madre de Valentina no tiene trabajo, y no se van. Yo no quiero irme, no, mamá, por favor...
MADRE: Me han dicho que hay un país, donde no nieva, que es muy bonito, tendremos una casa grande y cálida... la madre de Anna me escribió el otro día... les va muy bien. Ella y su papá han encontrado trabajo los dos, y Anna tiene muchos amigos en un colegio muy bonito, y compran muchas cosas...
IEVA: ¡Ah! Entonces... ¿vendrá papá?
MADRE: No, papá no vendrá.
IEVA: ...¿Y la abuela?
MADRE: No, la abuela tampoco vendrá.
IEVA: Entonces no iremos a casa de la abuela después del colegio...
MADRE: No... bueno... no... pero vendremos a verla en verano...

(Largo silencio. Las dos saben el significado de lo que hablan y quieren asimilarlo, pero les cuesta).

IEVA: ¿Y tampoco volveré a ver nunca a...? ¡A nadie!

(Se abrazan. La  niña empieza a sollozar)

IEVA: Bueno, mamá, si tu quieres... Pero yo sólo tengo frío cuando nieva...


II

(Otra habitación, parecida a la anterior. Mismo ambiente frío. Nieva afuera. Una anciana, con ropas humildes, abre la puerta de la vivienda. Entran Ieva y su madre)

MADRE: Hola.
IEVA: (Abrazándose a la abuela) ¡Hola, abuela!
ABUELA: ¡¡Hola, Ieva!!

(En sus caras, las lágrimas de la abuela se mezclan con las  de su nieta. Pasan al interior. Largo silencio. Las mujeres se miran de soslayo. Nadie parece querer romper el silencio)

MADRE: Me llevaré también ese abrigo negro tuyo que ya no te pones...
ABUELA: Está muy viejo. Déjalo. Llévate el gris.
MADRE: No, no quiero, no tienes otro...
ABUELA: ¡He dicho que te lo lleves! Yo apenas salgo.
MADRE: ¡Pero si allí no hace frío...!

(Nuevo silencio prolongado. La discusión pierde relevancia con cada segundo de silencio)

ABUELA: ¿Lo tienes todo?

(La madre la mira sin contestar, pero su mirada, al fondo de sus ojos, indica que es muy poco lo que hay que preparar)

MADRE: Sí... Mañana te traeré lo que queda... Son dos cajas más...
ABUELA: Pero... ¿por qué no os venís aquí, conmigo? Estaremos muy bien y podemos arreglarnos, y así no tendrás que pagar la habitación...
MADRE: Está decidido, madre. ¿No lo entiendes? Ieva necesita un futuro... y aquí no lo hay.
ABUELA: ¿Un futuro? Todos hemos tenido un futuro, y una vida. Tú también. Antes también éramos pobres. Siempre ha sido así.
MADRE: Pero yo no quiero eso para Ieva. No. Nunca más. Allí se gana mucho más que aquí. Y la gente come todos los días...
IEVA: (Interrumpiendo, no quiere que discutan otra vez) Allí no nieva, abuela, mamá me lo ha dicho.
ABUELA: Si, hija, allí no tendrás frío por las noches... 

III


(La primera habitación. Mismo decorado, un poco más revuelto)

MADRE: ¡No, Ieva! ¡Eso tampoco cabe!
IEVA: ¡Cómo que no cabe! Esto no lo puedo dejar. Es mi ropa.
MADRE: Allí no te hará falta tanta ropa, y además casi no te vale, enseguida se te quedará pequeña. Sólo podemos llevar lo imprescindible.
IEVA: ¡Claro! Pero cuando se me quede pequeña la cambiaré con...con...
MADRE: ¿Lo ves? No la necesitas. Sólo llevarás lo que te quepa en la maleta.
IEVA: ¿En esta maleta? ¡Aquí no cabe nada!. ¿Y mis juguetes? ¿Y mis cuentos? ¿Y mis muñecos? ¿Y mi silla? ¿Y el cuadro que pinté el año pasado? Me dijiste que te gustaba mucho...
MADRE: Sólo la maleta, Ieva. Sólo aquello con lo que podamos cargar.
IEVA: ¡Mamá, no podemos dejar todo!
MADRE: Sólo un muñeco... Misha, el oso.
IEVA: ¿Sólo Misha? ¡Tengo cuatro!
MADRE: Los otros son muy grandes. Se quedarán con la abuela. Y termina, que mañana nos vamos y aún tenemos que llevarlos a casa de la abuela, volver y acostarnos pronto, porque hay que madrugar.

(Misma habitación. La niña llama  a su madre en medio de la noche)

IEVA: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta!
MADRE: ¿Ahora qué, Ieva?
IEVA: Mamá, he cambiado de opinión. No me llevaré a Misha. Me llevaré a Sasha.
MADRE: Ieva, Sólo quedan cuatro horas para levantarnos. Duerme. Sasha está en casa de la abuela.
IEVA: ¡Mamá..., por favor...! Sasha quiere venir, y Misha cuidará mejor de la abuela...

(Silencio. La madre se levanta)

MADRE: Vamos. 

IV


(El autobús lleva un rato circulando por calles con denso tráfico. Madre e hija presentan un aspecto muy cansado, pero no dejan de mirar por la ventanilla, todo es nuevo a sus ojos. La niña aprieta un muñeco entre sus brazos. Largas avenidas  pobladas de coches, mucha gente a pesar de la hora, luces de neón que cruzan las calles lo iluminan todo. Intermitentemente, iluminan también las caras. Ahora, el autobús desaparece bajo tierra, y sigue circulando por un pasadizo imposible. Unos minutos después, algunos pasajeros se levantan y el coche se detiene. No han vuelto a salir a la superficie, pero están en un gran espacio subterráneo, con mucha gente y muchos autobuses. Todo el pasaje se moviliza).

MADRE: ¡Vamos, Ieva! ¡Hemos llegado!
IEVA: ¿Aquí? ¿Ya?
MADRE: ¡Claro. ¿No lo ves? Todos bajan.

(Al pie del vehículo, recogen su equipaje. La madre lleva dos pesadas maletas y un bolso de mano a la espalda, lleno a reventar. La niña, una maleta pequeña y una mochila a la espalda)

MADRE: ¡Vamos, Ieva!
IEVA: ¿A dónde, mamá?
MADRE: ...No sé... Vamos. Tenemos que llamar a la madre de Anna... y a la abuela...
IEVA: Pero si la abuela no tiene teléfono...
MADRE: Bueno, a los vecinos.

(Madre e hija, con dificultad, llevan sus bultos a través de pasillos y escaleras mecánicas, hacia la superficie. Miran a todos lados continuamente, entre la curiosidad y la desconfianza. El último tramo de escalera envía a sus rostros el anuncio de que ya salen al exterior. Cuando ponen el pie en la calle, unos leves copos de nieve revolotean sin decidirse a caer)

IEVA: ¡Mamá!
MADRE: ¡Agárrate a la maleta, Ieva!
IEVA: ¡Mamá!
MADRE: Venga, agárrate y busquemos un teléfono.
IEVA: ¡Pero mamá!
MADRE: (Con un nudo en la garganta) ¿Qué, Ieva?
IEVA: Mamá... ¡Está nevando...!
MADRE: (...)
IEVA: Bueno... ¡pero no hace frío, mamá, no te preocupes...!


Julio, 2011

viernes, 1 de enero de 2016

 Mandrágora

 

No porque hubiera menos luz su entrada fue menos radiante. Enseguida, no lo conocía, reparé en el vestido, por encima de la rodilla, liviano -adiviné- de amplio escote y con un tirante muy fino. A gran velocidad, incorporé a mi pensamiento el resto de los detalles que componían la escena: velas estratégicamente distribuidas, mesa puesta, tacones cercanos, música ligera y un leve aroma a algo agradable... es decir, puse en marcha todos mis sentidos a fin de conseguir un apropiado estado de excitación. Ya se sabe que, para estos temas,  el cerebro es el órgano más importante.

Abrazo y beso no muy largo, de primeras. Halagos y conversación intrascendente, según nos sentábamos. De esas conversaciones en que los dos saben que no están hablando de lo que están hablando sino que está claro que ambos piensan en otra cosa.

Y en éstas, liberado de la presión al sentarse quien lo lleva, el tirante cae. La conversación sigue, y es repuesto en su sitio con delicadeza dos frases más allá.

 

*  *  *

 

Al principio, percibí cierta resistencia. Evidentemente, la falta de práctica me hacía parecer más torpe de lo habitual en aquellos menesteres, pero la verdad es que no recibía ningún tipo de colaboración de la otra parte. Sabido es que siempre es más difícil alcanzar los grandes tesoros, así que decidí convertir la situación en un nuevo acicate para mis intenciones. Por otro lado, llegados hasta aquí, estaba claro que aquello sólo tenía un final posible.

Así pues, redoblé, con delicadeza pero con firmeza, todos mis esfuerzos. Esta vez, el camino parecía franco, así que sopesé la posibilidad de introducir mi lengua hasta el fondo, pero desistí rápidamente: en algún sitio había yo leído que, en este punto, hay que ser especialmente cauto. A cambio, recogí con mucho cuidado el jugo que rodeaba el centro de mi atención: a mi memoria

vinieron remotos recuerdos, sabores agrios con matices salados que hacía tiempo añoraba. A la vez, aquello parecía volver a la vida, pues en aquel momento comenzó un movimiento emergente que me hizo desear más, si cabe, el poder engullirlo por completo: de un solo golpe, lo puse entre mis labios y succioné con pasión. Ella, hasta ese momento en silencio y expectante, no pudo reprimir por más tiempo sus sensaciones. Tras esperar a que le dirigiera mi mirada, exclamó:

-¿Qué? Dime que te gusta. Para mí, no hay placer mayor.

-Tienes razón. Ya casi no me acordaba. Éstas son las que llaman francesas, ¿no?.

-Sí, -replicó-, no son tan buenas, pero el precio...

 

*  *  *

 

Como en una película, como si todo siguiera un guión preciso, el reproductor del CD cumplía el programa preestablecido y las velas parecían incombustibles mientras aquella velada continuara su curso natural. En una esquina de la mesa, un grupo de tres hacían como que asentían con nuestras palabras.

-¿Qué buena pinta! ¿Qué es?-, me preguntó.

-No lo conocía y quería probarlo-, dije. -Es Asperges vertes chaudes à la crème sure froide.

Y el tirante cayó de nuevo, y esta vez tardo cuatro o cinco frases en volver a su sitio, no sé si acompañado de una mirada con más intención. Otra vez aquella sensación de estar, ambos, pensando en otra cosa.

Primero lamió la punta, con mucha suavidad, casi imperceptiblemente. Después, tras fijar su mirada según levantaba la cabeza, se inclinó de nuevo para rodear

toda la cabeza con una mayor presión de su lengua. Se retiró de nuevo y levantó sus ojos para fijarlos en los míos: tenían un brillo especial, y junto con  una sonrisa de apacible complicidad, era la expresión que mejor definía el momento de relajada felicidad que nos embargaba. Con seguridad mi expresión era muy parecida. Por fin, se lo introdujo por completo y, con varios movimientos circulares, recogió en su boca el sabor profundo que lo envolvía.

De nuevo fuera de su boca, aplicó sobre la punta, con delicadeza, una pequeña cantidad de crema, mientras yo, inmóvil y sin parpadear, tragaba saliva imaginando cuál era el siguiente paso. Y así, otra vez dentro de aquella boca que tan cálida conocía y rodeado por aquellos labios tan calientes y también tan familiares en su calor, mordió por fin, pero sin enseñar los dientes, estirando los labios sobre el tronco y mostrando todo su agradecimiento con una lenta caída de ojos. Mi sonrisa se amplió en muestra de complicidad.

 

***

 

-¡Esto está muy rico-rico! ¿También le has puesto nombre sonoro?

-Naturalmente-, contesté con suficiencia-: Delicias del mar y de la huerta sobre lecho de las estepas.

-¡Toma ya! O sea, ...?

-O sea, pones una capa tibia de salsa tártara, encima los mini puerros, encima el salmón ahumado y adornas con el caviar... sencillo, rápido y sabroso.

 

*  *  *

 

Una vela sobre la mesa del rincón culminó su papel, no sin antes anticiparlo con unos leves destellos, como anunciando su mutis. Como quiera que pareció que

no hacíamos mucho caso, el CD terminó a su vez con el tercer disco, y enmudeció, con lo que ya no cabía más ignorancia: el guión reclamaba un cambio de escena.

Me levanté, volví a reiniciar el mismo programa -poco romántico, pero muy práctico- y volví rápidamente a mi sitio: no quería que pareciera que yo también deseaba, que sí que deseaba, el cambio de escena.

 

*  *  *

 

Para el plato principal, se trataba de que la cena no fuera pesada, me despaché con un muslo de pato. Pero claro, con su toque personal. Para la grasa va bien algo bastante dulce, así que hice una salsa de mermelada de frutas del bosque, servida como guarnición sobre una rodaja grande de patata cortada no muy  fina y cocida en la propia grasa del pato. La cosa se llamaba Sweet Home Canard, es decir, el pato que llega a su casa feliz de la islita del lago. Obvio.

 

*  *  *

 

Con mis, documentalmente demostrados, malos antecedentes en matemáticas y geometría, jamás esperé que la visión de semejante figura me inspirara tanta admiración. Tratábase de la más bella sucesión de curvas nunca antes contemplada. Primero no muy cerrada, rápidamente se convertía en una media esfera casi perfecta para confluir con la otra semiesfera que venía del hemisferio opuesto, hundiéndose ambas líneas en la línea que, húmeda, anunciaba sensaciones memorables.

Aspiré la fragancia y dejé que llegara hasta lo más profundo de mis pulmones. Sorbí el jugo y un embriagador sabor llenó todos mis sentidos. Apliqué mis labios, y el frescor de la superficie abrasó mis sentimientos.

Se trataba de la mejor forma que conozco de ennoblecer un vino corriente. Cuando levanté la mirada para exclamar algo apropiado, ella ya había dado buena cuenta del Pêche au vin de Bourgogne. No hacían falta más palabras.

 

*   *  *

 

El CD parecía reincidir en su afán por reclamar atención. Me levanté de nuevo, pero esta vez me tomé algo más de tiempo en preparar una sesión nueva.

Cuando me volví, ella estaba de pié en medio del salón. Y el tirante se había vuelto a caer. Según me acercaba a ella, levantó su brazo para devolverlo por enésima vez a su lugar, pero noté algo extraño. En lugar de dirigirse al brazo donde reposaba aquel tirante díscolo, se dirigió al hombro contrario. Apenas me dio tiempo a reconocer mi propia sorpresa.

Se bajó el otro tirante.


Enero, 1983

jueves, 1 de enero de 2015

 Paseo de San Sebastián

 

Ayer volví a subir. Y es que me resisto a pensar que todo haya terminado. Estuve un buen rato sentado en el banco del principio, ya sabes. Tenía la mente como en blanco, miraba al vacío sin mirar nada, sin ver nada. Era pronto aún, y sólo pasaban los abueletes más madrugadores, los más, como siempre, mirando a los ojos, entre curiosos y descarados, sabedores de que nada ni nadie se va a atrever, siquiera, a mantenerles la mirada en desafío, como quien está de vuelta de todo. También pasaba algún grupo de estudiantes, jóvenes: por la hora, deduje que se habían fumado las clases del instituto, y caminaban contentos disfrutando del sabor de la libertad prohibida que producen las primeras transgresiones de los órdenes establecidos. Otros, con pinta de tener más experiencia en el asunto, caminaban despacio, no sé si disfrutando de la naturaleza que ya empieza a explotar o intentando pensar en cómo ocupar la mañana, un poco cansados ya de la rutina de saltarse la rutina. ¿Te acuerdas de nuestro primer día de pirola? Más que andar, corríamos por la calle frente al “Servet”, y hasta creo que percibía un leve temblor por todo el cuerpo, producto sin duda de la emoción, emoción de transgredir, pero emoción de comprobar que tú me habías elegido como compañero en tu primera escapada, que era también la mía. Por la noche, decidí que aquel había sido el día más feliz de mi vida. Saltar juntos una primera barrera une mucho: colegas, vaya, presagio que la imaginación lleva por caminos desconocidos.

Fue en ese momento cuando las fuentes echaron a funcionar, como queriendo por su parte dar la bienvenida al magnífico día de primavera que comenzaba. El rumor del agua rebotando a borbotones me hizo girar la cabeza a la derecha para comprobar que todo el Paseo había empezado a saltar de alegría, enlazando la frescura del agua con la de la reciente madrugada que ya se desvanecía apabullada por los incipientes rayos de sol. Y, sin darme cuenta, mi mirada se fijó en la gran estatua, desmesurada y desafiante, que corona las escalinatas. Siempre me había parecido demasiado blanca, aunque ahora el paso del tiempo dejaba sentir sus huellas. A su pies, la atalaya desde donde se domina la mejor vista de todo el Paseo, aquel balcón donde, jadeantes, terminábamos siempre la subida. Y también vino a mi memoria el recuerdo de nuestros alientos mezclándose la primera vez –¡entonces sí que temblaba!- muy cercas nuestras bocas, nuestros ojos dentro de los del otro, esperando a que, de una vez, pasara lo que tenía que pasar, lo que tanto había yo soñado, y tú también, sin importarnos el frío que cortaba nuestras mejillas, sin ni siquiera percibirlo. Recuerdo que luego estuvimos mucho tiempo sin hablar, como si hubiéramos hecho algo gordo, y que bajamos las escaleras otra vez, ahora en silencio, pero con las manos fuertemente entrelazadas, como si nadie fuera a ser capaz de despegarlas nunca.

Y decidí subir otra vez. Decidí volver a recorrer el paseo completo, despacio, mirando a todos los sitios que juntos hemos mirado, recreando las conversaciones que tuvimos, los proyectos que hicimos, y hasta las riñas. ¿Te acuerdas de la primera? Para mí fue la constatación de que aquella pareja era de dos, de que a partir de entonces yo tenía que empezar a pensar mucho más en tí, en lo que tu pensarías, en lo que a ti te parecería, y es que hay momentos en que te das cuenta de que ya no eres el centro del mundo, va con el final de la niñez.

Y empecé a caminar. Hacía calor ya. Y decidí rememorar la “magistral” clase de historia que te regalé aquel primer día, cuando, en perfecto maestro de ceremonias, te presentaba el parque y su historia como si fuera mío, como un regalo que quería hacerte en aquel momento, para que compartieras conmigo todo lo que yo sabía, como el buen maestro. Mira, ese es el Puente del 13 de Septiembre, construido por Primo de rivera -el padre, ¿eh?- ¿Y por qué el nombre?, preguntaste, y yo no lo supe.

Puente del 13 de septiembre. Debe su nombre a la fecha del advenimiento de la Dictadura del General Primo de Rivera (1923)

Y esto, esto es el Paseo de San Sebastián, y levantaste las cejas, como queriendo decir que San Sebastián es mucho más bonito, aunque sorprendida de que pudiera haber otra cosa en el mundo que también se llamara San Sebastián. Y la terrible pregunta que llegó en el mismo momento en que temía que pudiera llegar. ¿Por qué se llama de San Sebastián? Y yo qué sé, todo lo quieres saber…

Y allí, la estatua. ¿Y quién es? Pues el Rey. ¿Qué rey? Pues el Batallador. Y te quedaste mirándolo, como esperando una ampliación de la información. Resultó que yo me las iba a dar de listo y ahora no sabía por dónde continuar. Como digo, hay momentos en que uno deja de ser su propio ombligo.

Estatua en mármol de Carrara de Alfonso I El Batallador, rey de Aragón (1084-1134). Consagrado su reinado a la Reconquista, tomó a los moros, entre otras plazas, Tudela, Daroca y Zaragoza, donde fijó su corte en 1118.

(Aún recuerdo la cara de sorpresa del de Física, cuando te pilló los mensajes histórico-culturales que te pasé durante la primera hora del día siguiente. El pobre, por tus risas, esperaba encontrar cualquier otra cosa y el contenido le dejó sin argumentos para castigarnos)

Y seguimos caminando; mejor dicho, iba yo sólo, pero me imaginaba que tú venías a mi lado. El día prometía mucho calor, ya era verano. Y pasamos junto a uno de mis trofeos particulares, el estanque grande del centro del paseo, aquel donde, según mi madre, me caí cuando tenía dos años. Aquella anécdota no solía fallar, y esta vez tampoco. ¡Y es que no todo el mundo ha tenido la suerte de caerse en un estanque del parque a los dos años! Y fue cuando, por primera vez, aproveché para fijarme con detenimiento en tu sonrisa, y en tu boca, y desearla para mí. Me parece que te diste cuenta, porque también tú me miraste de una forma diferente. Ahora que lo pienso, estoy seguro de que fue así.

Y como se me acababa el rollo de la Historia, decidí cambiar a la botánica, y marcarme un farol de experto en especies arbóreas. Mira, esto son abetos, me parece, y esto magnolios, que son muy caros…y todo eran ganas de impresionarte, de descubrir juntos el mundo, de hacer el parque, desde aquel momento, algo nuestro, tras de depositar en el nuestras conversaciones.

Ciprés de Arizona. Familia: cupresáceas. Género: cupressus. Pequeñas hojas como escamas verde azuladas. Sutil fragancia a limón.

Magnolia de hoja caduca. Familia: magnoliáceos. Género: magnolia. Especie: solangianas. Grandes hojas, lustrosas flores blancas y olorosas. Semillas rojas en sus frutos como piñas de otoño.

A continuación, el Jardín Botánico. Cruzamos, y lo que en principio se me presentó como una magnífica oportunidad de seguir ofreciéndote regalos, pronto se tornó de nuevo en demostración de mi ignorancia. Gracias que los cartelitos amorosamente distribuidos por el jardín se encargaron de dejar las cosas en sus justos términos. Además, yo no tenía por qué saber tanto de árboles: de hecho, creo que nadie en el mundo, conoce tantas especies diferentes de árboles. En realidad, a excepción de los naranjos amargos de la entrada, la verdad es que no sé casi nada de árboles. Y el reloj de agua en el estanque, maravilla del bricolaje jardinero que sólo una vez hemos llegado a ver funcionar, eso sí, juntos, como muy poca gente.

Salí otra vez al Paseo. Avanzaba la mañana, se veía ya más concurrido, ahora con los pequeños que salen a las doce, aprovechando hasta el último minuto ante de llegar a casa. A la derecha, el quiosco de la música, que ante estuvo en la Plaza de José Antonio –ahora sí, el hijo- luego de Los Sitos, como antes. Y también recordé aquel domingo de verano en que, todo serios, nos sentamos a escuchar el concierto de la banda. Daba el sol de plano y no aguantamos mucho tiempo, pero salimos de allí muy dignos, con la certeza de haber hecho algo por nuestra cultura musical, siempre tan escasa.

Kiosko de la música. Realizado por los hermanos José y Manuel Martínez de Ubago en 1909 para la Exposición Hispano-francesa celebrada en nuestra ciudad. Joya del modernismo zaragozano.

Llegué al final, donde pusieron aquella fuente tan grande que antes estuvo en la plaza de Paraíso, que luego desmontaron porque se hundía, dijeron. Aquí luce muy bien, y en aquel momento me pareció que, al llegar poco tiempo funcionando, despedía sus chorros con mayor energía. En cualquier caso, pensé que era muy afortunado en disfrutar de ella casi para mí sólo. Para, en seguida, lamentar no poder compartir el momento contigo. Se levantaba una fresca brisa.

Y recordé también cuando fuimos aquella noche de verano a ver el espectáculo de luz y sonido. Habíamos ido pronto para coger un buen sitio en uno de los bancos de allí, y tuvimos suerte, pues nos sentamos en uno que quedaba bastante cubierto por las espesas ramas de un árbol (sin especificar, era de noche). Y aunque había hecho calor aquel día, contemplamos la sinfonía de colores muy juntos, abrazados, más atentos yo creo al palpitar de nuestros cuerpos que a otra cosa, como reconfortados con la complicidad del árbol. Recuerdo que, en otra circunstancia, podría haberse dicho que aquello era un poco aburrido; pero la música, adecuada, conseguía que lo siguiéramos con atención y, además, en el fondo, no queríamos que terminara nunca. Pero terminó, y nos alegramos cuando, en poco tiempo, casi toda la gente que nos rodeaba había desaparecido, para dejarnos a solas con nosotros.

Y cuando luces y sonido se apagaron en mi memoria, levanté la vista, lentamente, como subiendo los peldaños con la mirada.

Y volví a subir.

En principio, nunca me ha gustado la idea de acceder a la retorcida voluntad del artista: seis tramos que suben en zigzag y que sólo sirven para cansarte más, pensaba. Pero luego te das cuenta de que la intención es amortiguar el efecto de la pendiente  y así te cansas menos. Como la primera vez que subimos juntos, cuando el esfuerzo aplicado a las ganas de llegar -¿para qué?- quedaba sobradamente compensado por la alegría de la tarea en su desarrollo, cuando se conoce el final feliz. Y te parabas para observar la caída del agua en sus diferentes tramos, pero cuando yo me acercaba, zalamero, tú reanudabas la subida. Y por fin, jadeantes, llegábamos al balcón. La vista es magnífica. Campitos de Marte, y la ciudad que emerger sobre la espesura. Toda la Avenida se abría a nuestros pies, como se me presentó ayer, confiado en que, de nuevo, tomaba posesión de algo que siempre he sentido como mío, como nuestro. Pero tú ya no estabas. Y las hormiguitas que circulaban en todas direcciones, cada vez más abundantes, lo hacían absurdamente ajenas a mi presencia allí y, lo que es peor, ajenas a tu ausencia.

La brisa se tornaba en viento, y me recordó aquel tiempo cuando no lo notábamos en la cara. El sol ya no calentaba, y recorrí con la mirada, ahora en sentido contrario, el camino andado. Al fondo, como ausente, testigo de citas pasadas, la torre de la Feria de Muestras, sobria en su desconocida funcionalidad. Desde aquí busqué el banco del principio, ya sabes, pero la vegetación me lo impedía. Pero sí que deje de nuevo que mi mente tendiera su puente con los pensamientos que me asaltaron apenas una hora antes, en aquel banco, y mi mente volvió a volar vacía, más fácil ahora frente al vacío, vacío de ti. El otoño llegaba puntual a su cita.

Una extraña sensación a mi espalda hizo que girara sobre mí. El Rey Alfonso, más que sujetando, agarrado a su propia espada, comenzaba a atenuar su límpido brillo y, receloso, volvía la mirada hacia unos negros nubarrones que surgían tras de sí.

Comencé a bajar. Y parecía que la tormenta era inevitable. No me importó, pensé, tampoco era la primera vez. Aunque también hubo un primer chaparrón junto a ti, cuando esa escalinata no existía, y apenas tuvimos tiempo para refugiarnos en el “Flandes y Fabiola” donde, mientras esperábamos a que amainara la lluvia, alguien nos contó que el nombre procedía de pasadas historias de la emigración.

Apreté el paso escaleras abajo, girando a la derecha para alcanzar la civilización por el camino más corto. Además, no quería desandar el Paseo, como buscando, desesperadamente, no violar los recuerdos que allí nos quedaban. Pero el destino, siempre traidor, me hizo tomar la calle aquellas que luego fue testigo de nuestra primera escapada.

Empezaba a llover con fuerza. Y en seguida llegué a Ruiseñores. Su tradicional aspecto se señorial tranquilidad se había tornado, por efecto de las nubes, la lluvia y el viento, en sombrío y desagradable Las hojas marchitas volaban calle arriba, e iban a depositarse a las puertas del instituto, para hacer que mi vista, fugazmente, se parara en su gran jardín, que ahora mismo parecía cumplir su papel, el de perfecto decorado de casona de pasado mejor que ahora, sombría también, que albergaba actores de profundos dramas románticos. Sus grandes árboles desnudos confirmaban la llegada del invierno.

Pocos minutos después, los ruidos de la ciudad me devolvieron a la realidad. Pero al zambullirme en la gran urbe, no pude dejar de traer a mi memoria, por una última vez, todo lo que hemos llegado a compartir juntos. Atrás quedaba nuestro parque con nuestro paseo, las escalinatas y el balcón, todo allí, todo nuestro, pero ya no a partir de ahora, todo aquello pasaría a otras manos, a otros corazones y a otras historias, a cualquier otra mañana de mayo en el Paseo de San Sebastián en el que, dos manos unidas decidan  ascender los complicados escalones para juntar sus miradas buscando juntos en el gran vacío. Siempre te buscaré.

 

Noviembre, 1995